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Pinacoteca meteorológica

Tormenta en la costa


Tormenta en la costa

Simon de Vlieger
Hacia 1645-1650
© Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, Madrid


No hay cielos más dramáticos que los tormentosos, ni una forma más expresiva de representar los elementos desatados de la naturaleza que pintar lo que comúnmente identificamos con una tormenta o tempestad, aunque técnicamente no son lo mismo. Las tormentas provocan en nosotros una curiosa mezcla de miedo y fascinación, por lo que no es extraño que sean un motivo recurrente en la pintura de paisaje. Los pintores suelen incorporarlas a sus obras para lograr captar la atención del espectador. El pintor holandés Simon de Vlieger (1601-1653) lo consigue, sin duda, con esta marina de ejecución impecable. Uno de los elementos más llamativos en esta pintura son los rayos y relámpagos que genera la tormenta. No suelen representarse en la mayoría de las escenas tormentosas y menos si se trata de un cuadro de grandes dimensiones. Es un reto al que se han enfrentado los pintores a lo largo de la historia. Su dificultad de ejecución reside tanto en la extraordinaria fugacidad que presenta la descarga eléctrica, como en la espectacular luz ambiental que provoca el fogonazo. En esta Tormenta en la costa vemos unos rayos de tonalidades anaranjadas con sus características formas zigzagueantes. La tenebrosidad del nubarrón tormentoso de la parte de la izquierda está muy bien conseguida. Las partes oscuras del cielo contrastan con la claridad que emerge por el horizonte e ilumina la agitada superficie del mar. La tormenta amenaza a los barcos que aparecen en la escena. Así, en el que aparece en primer plano, sus tripulantes están terminando de arriar las velas y han soltado el ancla, en un intento de evitar que las violentas ráfagas de viento arrastren a la embarcación sin control. De Vlieger también pinta de forma muy realista las formas globulares de los grandes cumulonimbos que están provocando ese tiempo tormentoso. La parte alta del barco en segundo plano, a la derecha, está siendo iluminada por el sol, de ahí su blancura.

© José Miguel Viñas
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