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PINACOTECA
Atardecer en la pradera
Albert Bierstadt
Hacia 1870
© Colección Thyssen-Bornemisza, en depósito en el Museo Thyssen-Bornemisza
 
En el siglo XIX surge un movimiento pictórico en EEUU que tiene en los paisajes vírgenes de los territorios del Oeste de aquel gran país su principal leitmotiv. Los pintores de la llamada Escuela del río Hudson –la primera que se origina en EEUU– fijan su atención en la belleza natural que les brindan los majestuosos paisajes del Lejano Oeste, lo que supone para ellos una excitante exploración visual de lugares que comenzaban a ser descubiertos y colonizados por el “hombre blanco”. Uno de los principales exponentes de ese grupo de pintores fue Albert Bierstadt (1830-1902). De origen alemán, se instaló con su familia en New Bedford, en el estado de Massachussets. Su primera toma de contacto con las tierras inexploradas del Oeste de EEUU fue en 1859, año en que formó parte de una expedición encargada de abrir una nueva ruta ferroviaria hacia el Pacífico. A ese viaje iniciático siguieron algunos más en años posteriores, en los que quedó prendado de la majestuosidad de los lugares que fue conociendo, potenciados a menudo por los cambiantes cielos y las condiciones atmosféricas reinantes. En los impresionantes cuadros de Bierstadt, aparte de grandes y puntiagudas montañas, el tiempo con frecuencia es tormentoso, las nubes cubren gran parte del cielo y tampoco faltan los intensos resplandores de la luz del sol. Este Atardecer en la pradera, que Bierstadt pintó tras el último de sus viajes por el Oeste de EEUU, es un buen ejemplo de ello. Los últimos rayos del día iluminan por debajo una capa nubosa de estratocúmulos. El cielo ocupa los dos tercios superiores del lienzo, lo que indica la importancia que este pintor daba a la componente atmosférica en sus paisajes. En palabras de la conservadora y experta en pintura Paloma Alarcó: “Los encendidos celajes y las brillantes bandas de luz, tan características del pintor, guardan también cierta relación con las exuberantes puestas de sol, cargadas de efectos teatrales, de su contemporáneo Frederic Church (1826-1900), en especial su Crepúsculo en la naturaleza salvaje.”
 
© José Miguel Viñas
 
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