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Amanecer en las montañas

Caspar David Friedrich
Año 1823
© Museo del Hermitage, San Petersburgo.

La maestría con la que el pintor romántico alemán Caspar David Friedrich (1774-1840) retrató los paisajes atmosféricos, tiene en esta obra uno de sus mejores ejemplos. Al igual que ocurre con el resto de su producción pictórica, este cuadro de Friedrich ofrece dos lecturas, ya que bajo la apariencia de un sugerente paisaje neblinoso, subyace el mensaje espiritual que el artista nos quiere transmitir, su visión subjetiva de la Naturaleza. En palabras de la Catedrática de Historia de Arte Contemporáneo, Carmen Pena López: “Las nieblas de Amanecer en las montañas, tan cerca en sus primeros planos y tan lejos en los remotos horizontes, tan cerca y tan lejos, dan un carácter sublime de la naturaleza, que junto al misterio de la niebla nos llevan a Dios. Un dios perdido en la abigarrada soledad de las ciudades modernas”. Una vez más, Friedrich nos quiere mostrar la pequeñez del hombre –simbolizado por el par de pastorcillos que aparecen sentados en lo alto del promontorio de la izquierda– frente a la inmensidad del medio natural, representado por esa interminable sucesión de valles y montañas que se pierden en la lejanía, difuminados por las brumas. Según la visión romántica del artista, lo que el hombre percibe como algo infinito y eterno sólo puede ser obra del Creador. En cualquier peña de las montañas del fondo, envueltas por los “vapores” generados por el levantamiento matinal de las brumas y las nieblas de los valles, podríamos situar al famoso “caminante sobre el mar de nubes”, pintado por Friedrich en 1818. La formación de nieblas en los valles de montaña es una consecuencia directa de la acumulación de aire frío que tiene lugar en ellos durante la noche y madrugada.

© José Miguel Viñas

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