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PINACOTECA METEOROLÓGICA
CUADROS
Vista de Haarlem en el noroeste desde las dunas
Jacob van Ruysdael
Hacia 1670
© Rijksmuseum, Amsterdam
 
Las nubes son las indiscutibles protagonistas tanto de este como de otros muchos cuadros del paisajista holandés Jacob van Ruysdael (h. 1628-1682). Miembro de una destacada familia de artistas, pronto comenzó a interesarse por la pintura y a ejecutar sus primeras obras. En sus paisajes, los cielos ocupan con frecuencia dos terceras partes del lienzo, lo que refleja el interés del artista por plasmar lo que acontece en la atmósfera. En los cielos de Ruysdael encontramos un amplio muestrario de cúmulos. Es el género nuboso que con mayor frecuencia retrata; una nube gruesa y de formas redondeadas, que plasma en diferentes estadios de desarrollo, dependiendo del cuadro. En esta vista de Haarlem –su ciudad natal y la que le vio morir– las nubes algodonosas que dominan la escena son cúmulos de la especie mediocris. El cuadro serviría a la perfección para ilustrar la definición de ese cúmulo de tamaño intermedio en el Atlas Internacional de Nubes de la Organización Meteorológica Mundial. La citada definición reza así: “Cumulus con un desarrollo vertical moderado, cuyas cimas muestran protuberancias bastante pequeñas.” Los colores grisáceos permiten diferenciar estos cúmulos de los más pequeños (Cu humilis), que son blancos en su totalidad. Los mediocris contienen gotas de agua más grandes y en mayor número. Estos elementos flotantes comienzan a apantallar la luz del sol, lo que da como resultado esas zonas oscuras (grises), preferentemente en su parte inferior. Ruysdael representa las nubes de forma muy realista, tanto en este paisaje holandés, como en otros muchos cuadros de su producción. En primer plano y en la parte superior asoman unas veladuras nubosas de color gris más oscuro. Ese nubarrón de aspecto más amenazante genera varias franjas de sombra sobre el terreno situado en primer plano. Se sitúa justo sobre la posición algo elevada desde donde observamos la escena; en las dunas a las que hace referencia el título de la obra.
 
© José Miguel Viñas
 
Permitida la reproducción total o parcial de este texto, con la única condición de que figure el nombre del autor y la fuente: www.divulgameteo.es
 
Marina con tiempo tormentoso
Alfred Stevens
Año 1886
Colección particular
 
Las tormentas que tienen lugar en el mar con frecuencia nos cautivan, ya que a la espectacularidad propia de las nubes tormentosas –amplificada por la gran porción de cielo abierto que se abre frente a nosotros– se suma el agitado oleaje y los numerosos matices cromáticos, tanto en el cielo como en el agua, resultando una atractiva mezcla de colores, en la que los turquesas se entremezclan con una amplia gama de tonos verdosos, azules y grises. Ante tan atractivo escenario, no es de extrañar que muchos pintores –y no solo los puros paisajistas– se fijaran en estas tormentas marítimas y las plasmaran en sus cuadros. Uno de ellos es el pintor belga Alfred Stevens (1823-1906) y autor de esta “Marina con tiempo tormentoso”. Este artista, que vivió la mayor parte de su vida en Francia, destacó, sobre todo, por retratar escenas interiores burguesas, en las que aparecían mujeres jóvenes vestidas a la moda, con numerosos elementos de lujo. Estos cuadros, tan alejados de la temática atmosférica, son los que le dieron fama en su época, convirtiéndole en uno de los pintores favoritos de la alta sociedad francesa de la segunda mitad del siglo XIX. En la década de 1880, Stevens cambió de registro y pintó marinas y escenas costeras, con un estilo cercano al Impresionismo, influido por pintores como su amigo Édouard Manet (1832-1883) o el paisajista francés Eugène Boudin (1824-1898). Aparte de esta sugerente marina, llevó a cabo otras también de bella factura y motivo similar, como “Tormenta en Honfleur” (1890-91), “Una noche tormentosa” (1892), “Marina-Efecto de una tormenta” (1895) o “Tormenta en el mar” (1888). En el lienzo que nos ocupa destaca el zigzagueante rayo que parece abatirse sobre una de las embarcaciones representadas. Stevens aplica sobre él un color encarnado, que vemos también en los contornos superiores de las nubes y, de forma más tenue y sutil, en el resto de elementos naturales del cuadro. Con esa tonalidad, el artista quiere representar el resplandor asociado a la descarga eléctrica, que durante un instante ilumina todo. Otro detalle meteorológico del cuadro es el de los fuertes aguaceros que deja la tormenta, pintados con mayor resalte en la mitad izquierda, que es donde se sitúa el núcleo principal de la célula tormentosa.

© José Miguel Viñas

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Una tormenta en las Montañas Rocosas, Monte Rosalie
Albert Bierstadt
Año 1866
© Museo de Brooklyn, Nueva York
 
Esta impresionante pintura, tanto por el continente (el lienzo tiene unas dimensiones de 210,8 x 361,3 cm) como por el contenido, fue concebida así por el autor para llamar la atención del espectador. Se trata de un reclamo en toda regla, que muestra la desbordante naturaleza de los parajes naturales que, a mediados del siglo XIX, empezaban a conocerse gracias a la conquista del Oeste, en los EEUU. El paisajista de origen alemán Albert Bierstadt (1830-1902) contribuyó con sus cuadros a dar a conocer esa desbordante naturaleza, que le cautivó durante los viajes que tuvo ocasión de hacer a las Montañas Rocosas. Su primera toma de contacto con ellas fue en 1859, gracias a una expedición en la que participó, pero fue en un segundo viaje, iniciado en 1863, cuando llevó a cabo los bocetos en que se basó para pintar esta obra, en su estudio de Nueva York. Camino de California –donde visitó Yomemite– y Oregon, Bierstadt tuvo una incursión por el sur de las Montañas Rocosas, en el estado de Colorado, y allí quedó prendado por la majestuosidad del Monte Evans, que se eleva 4.350 m por encima del nivel del mar, y que en el cuadro aparece al fondo, exagerada y deliberadamente elevado por el artista, con nieve e iluminado por el sol, surgiendo por encima de las nubes tormentosas. Bierstadt estira sus dimensiones verticales para conseguir, en combinación con el dramatismo de la tormenta, emocionar al público. Esa cumbre es la mayor elevación de los picos –llamados Chicago– de ese sector de las Rocosas. El pintor llamó a esa imponente aguja Monte Rosalie, en honor a su amante en aquel momento –Rosalie Osborne Ludlow–, que era la esposa de su compañero de viaje y amiga de su mujer. Tan complicado triángulo amoroso terminó con ambas parejas divorciadas, casándose finalmente Albert y Rosalie, en 1866. A los pies de las montañas e iluminado parcialmente por el sol, aparece el Lago Cumbre, un lago glaciar que da nombre en la actualidad al parque natural donde se localiza el Monte Evans. Técnicamente, es un trabajo impecable, con multitud de detalles, como las voluptuosas nubes o los elementos rocosos, pintados casi con hiperrealismo.
 
© José Miguel Viñas
 
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Casas en una colina
Winslow Homer
Año 1879
Colección privada
 
En este cuadro de Winslow Homer (1836-1910), las nubes representadas por el artista dan una mayor verticalidad a la escena. Este destacado pintor naturalista, que retrató con maestría y sencillez la vida rural estadounidense de la segunda mitad del siglo XIX, nos dejó bellos paisajes –tanto al óleo como con acuarela– en los que no faltan elementos atmosféricos. El título de la obra define con precisión lo que vemos, si bien no desvela la presencia de los majestuosos cúmulos que emergen por detrás de las dos casas de campo y de la colina. Se trata de cúmulos de la especie congestus, unas nubes (congestionadas) que con frecuencia culminan en tormenta. Homer da muestras de su calidad como paisajista a la hora de retratarlas. Aparte de por sus formas redondeadas, destacan por su gran blancura, un rasgo identificativo de la parte media y superior de este tipo de nubes de gran desarrollo vertical, debido a la presencia de hielo en los niveles atmosféricos donde evolucionan esos gigantescos torreones nubosos (por encima de los 5 km de altitud). Allí arriba, las nubes están formadas mayoritariamente por cristales de hielo, que reflejan gran parte de la luz solar que incide sobre ellos, de ahí que las veamos tan blancas y relucientes. Winslow Homer aplica también el color blanco en la fachada lateral de la casa que aparece al fondo, en segundo plano, así como en la ropa de la muchacha que está sentada en la colina, sobre la mullida hierba y junto al pequeño camino de tierra que conduce hasta la primera casa, la de color oscuro. En la porción de cielo libre de nubes, domina el azul celeste. La variedad de colores y la disposición de los distintos elementos –nubes incluidas– en el lienzo, dan al conjunto una gran armonía. Es un cuadro atractivo para el observador, que además permite disfrutar de una de las nubes más majestuosas que nos brinda la naturaleza: el cumulus congestus.
 
© José Miguel Viñas
 
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Silenciamiento
Nikolay Dubovskoy
Año 1890
© Museo Estatal Ruso, San Petersburgo
 
No falta ni el más mínimo detalle en esta bella estampa meteorológica, pintada por el gran paisajista ruso Nikolay Nikanorovich Dubovskoy (1859-1918). Un blanco y algodonoso cumulonimbo domina la escena, acompañado de una cohorte de pequeños cúmulos desgarrados, amén de los jirones que se descuelgan de la base de la gigantesca nube tormentosa. Tampoco faltan las cortinas de lluvia; dos de las cuáles están cayendo en el agua de ese lago, mientras que una tercera, que se aprecia al fondo, precipita sobre tierra. La obra está ejecutada con un gran realismo, si bien el principal empeño de Dubovskoy no es demostrar sus habilidades técnicas –incuestionables–, sino transmitir la sensación de intensa calma que precede a la tormenta. Lo consigue con eficacia gracias a la gran nube blanca. La manera en que la pinta, suspendida en el aire de forma aparentemente milagrosa, es un fiel reflejo de la quietud y serenidad del momento. El lago en calma también contribuye a ello. Su superficie lisa está iluminada por la resplandeciente blancura que emana de la voluptuosa nube flotante. El título de la obra no puede ser más certero: “Silenciamiento” (Acción y efecto de silenciar, según el DRAE), aunque también es conocida como “El silencio se ha asentado”, o simplemente “El silencio”. El cuadro fue comprado por el zar Alejandro III y pasó a formar parte de su colección del Palacio de Invierno, en San Petersburgo. No es el único cuadro de Dubovskoy que tiene como motivo central un fenómeno meteorológico. Encontramos muchos y bellos ejemplos en algunas de sus pinturas al aire libre, tales como “Tormenta de arena en las estepas”, que pintó también en 1890, “Antes de la tormenta” o un par de magníficos cuadros que dedicó al arcoíris. Este pintor realista, cuya obra presenta ciertos rasgos románticos, integró en muchos de sus paisajes rurales elementos meteorológicos que, en casos como este, son los protagonistas de la escena.
 
© José Miguel Viñas
 
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Estudio de marina con nube de lluvia
John Constable
Año 1827
© Royal Academy of Arts, Londres
 
De esta forma tan contundente (¡a brochazo limpio!) resolvió John Constable (1776-1837) la plasmación sobre el lienzo de un intenso chubasco. Con este boceto, el pintor de nubes por excelencia llega casi a los límites del expresionismo, adelantándose casi un siglo al surgimiento de ese movimiento artístico. Gracias a la aplicación de esas pinceladas gruesas y muy empastadas, en las que domina el color negro, Constable consigue el dramatismo propio de la escena meteorológica representada. El cuadro fue pintado en Brighton, localidad costera del sur de Inglaterra donde se trasladó a vivir el artista en 1824. El delicado estado de salud de su mujer –Maria Elizabeth Bicknell (1788-1828)– motivó ese cambio de aires. Allí, junto al mar, Constable empezó a pintar marinas, prestando especial atención a la cambiante atmósfera y a los juegos de luces y sombras que se generaban tanto en el cielo como en el mar. Poniendo en práctica su particular técnica de skying, fue capturando en sus bocetos momentos únicos que le brindaban los cielos. La protagonista de este fascinante cuadro es una feroz tormenta, con sus negros y amenazantes nubarrones. De ellos se descuelgan varias cortinas de lluvia, que alcanzan la superficie del mar. Su negrura contrasta con el color blanco de los topes nubosos que aparecen en la parte superior izquierda, y con el de la ancha pincelada en diagonal, que representa un haz de luz emergiendo hacia abajo desde la nube tormentosa. La pintura logra transmitir, con eficacia, la explosividad que caracteriza a los fenómenos tormentosos y que con frecuencia nos sobrecoge. Todo el mérito es de Constable y de su original técnica pictórica.
 
© José Miguel Viñas
 
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El Yerres, efecto de lluvia
Gustave Caillebotte
Año 1865
© Indiana University Art Museum, Bloomington
 
La placidez con la que comienza a llover –salvo que descargue un aguacero– produce en nosotros una sensación muy placentera, de comunión con la naturaleza. Eso mismo debió experimentar el pintor francés Gustave Caillebotte (1848-1894) en alguno de sus paseos por los alrededores de la residencia que su familia tenía en Yerres, en las cercanías de París, y lo consiguió transmitir a la perfección en este cuadro de bella factura. Con la caída de las primeras gotas, el aire se impregna del embriagador olor a tierra mojada, conocido como petricor (literalmente “esencia de roca”). Tan característica fragancia tiene su origen en los aceites aromáticos que, procedentes de algunas plantas, quedan impregnados sobre los terrenos rocosos y polvorientos, y cuyo olor es liberado al aire al entrar en contacto con el agua de la lluvia. Lo siguiente que percibimos justo al comenzar a llover es el aumento creciente del número de gotas que caen. Al principio son pocas y silenciosas, pero pronto generan un murmullo, cada vez más perceptible a medida que aumenta la intensidad de la lluvia. Ese sonido lo producen, fundamentalmente, los impactos de las gotas con las hojas de los árboles, la cubierta vegetal a ras de suelo, el propio suelo desnudo y las superficies de agua. En esta pintura –conocida también como “Lluvia sobre el Yerres”–, Caillebotte fija su atención en los círculos concéntricos (ondas esféricas) que generan los impactos de las gotas sobre la superficie del río Yerres, cuyas orillas transitaba a menudo. De hecho, el camino de tierra que aparece en la parte inferior del lienzo formaba parte de la propiedad que los Caillebotte tenían en esa pequeña ciudad francesa. Desde el punto de vista artístico, lo más llamativo del cuadro es su original perspectiva descentrada. Las 2 orillas no son paralelas, sino que convergen en un punto de fuga situado fuera de la escena, en el lado izquierdo. La técnica pictórica es impresionista, aplicada con suavidad, de manera parecida a como lo hacía Renoir. El artista logra así transmitir el momento plácido y de disfrute que está aconteciendo en ese bello paraje natural.
 
© José Miguel Viñas
 
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La ráfaga de viento
Jean-François Millet
Hacia 1871-73
© Museo Nacional de Gales, Cardiff
 
Estamos ante uno de los cuadros que mejor representa la furia del viento. El paisajista francés Jean-François Millet (1814-1875) –conocido particularmente por sus escenas campestres– inmortalizó en este lienzo el azote de una violenta ráfaga generada por una tormenta o temporal. El artista logra transmitir a la perfección las sensaciones que produce en nosotros un viento huracanado, así como la profunda transformación que sufre el paisaje bajo este tipo de situaciones atmosféricas. Millet estaba familiarizado con los fuertes vendavales, ya que son muy frecuentes en el lugar que le vio nacer y donde transcurrió su infancia y juventud. Natural de la aldea normanda de Gruchy, en el municipio de Gréville-Hague, dicho enclave se sitúa en la pequeña península de Cotentin; entrada natural del canal de La Mancha y donde los vientos se canalizan y aceleran, particularmente cuando acontecen los duros temporales atlánticos. Aquella zona tan expuesta al viento fue el marco de referencia del artista durante sus primeros años de vida, lo que a buen seguro inspiró este ventoso cuadro. En él observamos cómo el poderoso viento está arrancando de raíz el viejo árbol que domina la escena. A su derecha, sobre el terreno, se observa la pequeña figura de un pastor, que huye despavorido junto a su rebaño de ovejas. Se encorva, protegiendo así la cabeza de las grandes ramas que –desprendidas del árbol– vuelan por los aires. Todos los elementos del paisaje son barridos de izquierda a derecha por el feroz vendaval. Bajo un cielo plomizo con claroscuros, amenazante, salvaje, lleno de nubes desgarradas, el verde follaje –en el que se entrevén algunos arbustos y ramas partidas– se ve sometido a la implacable fuerza del viento. También lo está el agua del riachuelo de la parte inferior del lienzo. Las toscas pinceladas en tonos celestes que aplica Millet representan pequeñas olas rompiendo en la orilla, como si de una mar agitada en miniatura se tratase. El también paisajista francés Jean-Baptiste-Camille Corot (1796-1875), pintó un cuadro de nombre homónimo hacia los años 1865-70. En este caso, el viento incide de derecha a izquierda, apareciendo varios árboles arqueados en dicho sentido.
 
© José Miguel Viñas
 
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El mar de hielo
David Caspar Friedrich
1823-24
© Kunsthalle, Hamburgo
 
Si bien la temática de este cuadro no es estrictamente meteorológica, tiene cabida en esta pinacoteca, habida cuenta del protagonismo que tiene el hielo en la escena. El pintor romántico alemán David Caspar Friedrich (1774-1840) nos traslada con esta obra a un lugar imaginario, que podemos situar en el Ártico. Tras el primer golpe de vista, pasa desapercibida la parte del casco del barco que asoma en la parte derecha, así como alguno de sus mástiles tronchados, fruto de la descomunal fuerza que han ejercido los bloques de hielo que se apelotonan y que, literalmente, han aprisionado y posteriormente sepultado a la embarcación. El mensaje que Friedrich quiere transmitirnos es claro: la insignificancia de los seres humanos frente a las fuerzas de la Naturaleza. No tenemos nada que hacer. Estamos a su merced. El cuadro transmite una intensa calma. La iluminación cenital es irreal. No parece provenir del sol sino más bien de la luna, que intuimos situada algo por encima del borde superior del lienzo. En cualquier caso, no está claro el momento del día en el que estamos, ni las circunstancias que provocan esa extraña luz blanca, bajo la cual, casi podemos sentir el silencio y el intenso frío de ese mar de hielo, convertido en una trampa mortal para los tripulantes del barco. Los avatares que vivió Sir William Edward Parry (1790-1855) durante la expedición al Polo Norte de 1819-1820, inspiraron esta obra maestra, que Friedrich ejecutó con su habitual maestría. En palabras del profesor José Luis Molinuevo: “El cuadro es de una insólita y tremenda dureza: lleno de aristas, revela unas fuerzas tectónicas, el poder de lo elemental, que tiene sus leyes propias. (…) Las planchas de hielo revelan que lo elemental tiene un orden geométrico. Tienen una consistencia mineral, pero son agitadas, amontonadas por la corriente. Derrota, inseguridad, ruinas, muerte y una profunda soledad se desprenden del cuadro. Pero igualmente el mensaje de que en los mares helados la naturaleza está viva, y lo inorgánico es la lógica de lo elemental. En ello hay también una desoladora belleza.”
 
© José Miguel Viñas
 
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Estudio de nubes y luna llena
Johan Christian Dahl
Año 1822
© Museo de Bellas Artes de San Francisco
 
Retratar las nubes a la luz de la luna fue un tema recurrente en la obra del paisajista noruego Johan Christian Dahl (1788-1857), si bien encontramos idéntico motivo en algunos cuadros de otros pintores, como la notable escena nocturna de la costa mediterránea con pescadores y barcas, de Vernet. A diferencia de otros paisajes nocturnos pintados por Dahl (“Vista de Dresde con luna llena”, “El lago Esrom a la luz de la luna”, “Puerto de Copenhague a la luz de la luna”), en este estudio, el pintor romántico centra su atención en un fenómeno óptico atmosférico que a veces se observa alrededor de la luna. Se trata de una corona lunar, que Dahl representa de forma bastante fidedigna, aunque sin el repertorio de colores que las coronas suelen desplegar. La corona es el resultado de la difracción de la luz procedente del astro –la luna en este caso, pero también puede formarse alrededor del sol– al atravesar las gotitas de agua que forman las nubes, mezcladas en algunos casos con minúsculos cristales de hielo. La luz blanca al difractarse se separa en los distintos colores que forman el espectro visible, si bien no siempre se observan todos ellos en la corona, ya que algunos son absorbidos por el medio atmosférico, debido a la baja intensidad lumínica con la que emergen de las gotitas. Tal es el caso de la corona lunar del cuadro, que aparece de una tonalidad anaranjada bastante uniforme. Las coronas adquieren espectacularidad cuando la citada absorción atmosférica es mínima, lo que permite ver con nitidez un conjunto de anillos concéntricos irisados. Johan Christian Dahl plasmó la naturaleza en sus pinturas de manera muy realista, lo que le valió un gran reconocimiento. Su obra ejerció una notable influencia sobre el paisajismo alemán y noruego.
 
© José Miguel Viñas
 
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