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La calima

La presencia en la atmósfera de polvo en suspensión es a veces muy superior a la normal, en cuyo caso hablamos de calima. Las partículas sólidas que flotan en el ambiente se encargan de enturbiar el cielo y de reducir de forma significativa la visibilidad. La atmósfera se tiñe de un color terroso (ocre, parduzco, amarillento, naranja, rojizo…), variable en función de cuál sea la naturaleza del terreno del que escaparon las partículas.

Los suelos rojizos, ricos en mineral de hierro, generan polvo de ese color, que aparte de teñir el cielo, dan lugar a lo que por tierras suresteñas se conoce desde antaño como “lluvias de sangre”. Las gotas de lluvia formadas en el interior de nubes ricas en partículas férricas, atrapan una importante cantidad de aerosoles que, a través de la precipitación, terminan depositados sobre el suelo y todas las superficies que reciben el impacto de las gotas, ensuciándolo todo. Algunos estudios recientes apuntan a que la frecuencia de este tipo de lluvias con deposiciones sólidas está aumentando en la Península Ibérica y Canarias, como consecuencia de la mayor llegada de polvo en suspensión procedente del Sahara.

Las calimas adquieren una especial relevancia en las Islas Canarias, debido a la persistencia de algunos episodios y a la gran cantidad de polvo que llega a contener el aire, lo que llega a colapsar las urgencias de los hospitales, al darse numerosos casos de crisis respiratorias y asma. Los vientos del 2º cuadrante (E y SE), son los encargados de arrastrar desde el cercano desierto del Sahara hasta el archipiélago enormes cantidades de polvo, siendo normalmente las islas orientales (Lanzarote y Fuerteventura) las más afectadas por este litometeoro.

Durante los meses de verano es cuando suelen producirse las mayores invasiones de polvo africano sobre el Atlántico Norte; una circunstancia propiciada por la mayor extensión latitudinal que adopta la llamada ZCIT (Zona de Convergencia Intertropical). Esto permite el desarrollo de grandes tormentas de arena en la región central y sur del Sahara, elevándose centenares de millones de toneladas de partículas de polvo por encima de los 2.000 m de altura, y desplazándose todos estos materiales hacia el Oeste, siguiendo el régimen de vientos alisios dominantes en cotas bajas y medias del Atlántico subtropical. Una parte importante de esos aerosoles son depositados sobre territorio americano, con importantes implicaciones en la agricultura. La deposición sobre las aguas del Atlántico incide en la llamada fertilización oceánica.

La extrema sequedad de los suelos que tiene lugar durante los meses estivales en el centro-sur de la Península Ibérica, también genera una importante cantidad de pequeñísimas partículas sólidas que escapan a la atmósfera, dando lugar a las típicas calimas de los días de canícula, en los que los cielos pierden su brillo, luminosidad y el color azul característicos del “buen tiempo”.


© José Miguel Viñas

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